martes, 15 de marzo de 2016

Ana Maria, Porfiria y van Gogh: capitulo 9

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Ella tenía porfiria.

También había tenido porfiria Vincent van Gogh, el famoso pintor.

Ana Maria, Porfiria y van Gogh: capitulo 10

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En el epistolario que había mantenido Vincent van Gogh con su hermano Théo, se encontraba un gran testimonio del sufrimiento del pintor. En sus cartas, el pintor iba perfilando su propia biografía, y sus cuadros y pinturas tienen que ser vistos simultáneamente con las maravillas y profundidades de ese epistolario, en el que, entre otras cosas, resaltaba la idea de que hay que encontrar bello todo lo que se pueda; ya que  la mayoría no encuentra nada suficientemente bello (cfr. Cartas a Théo, Londres, enero de 1874).
Esa mañana el señor y la muchacha estaban entretenidos. Encontraron un tema común: hablaban de libros y de algunos autores. Él le hablaba en específico de un autor, y le exponía en resumen las ideas del libro del que hablaban. Ella estaba divertidamente entretenida y fascinada por las ideas que iba escuchando. Sus ojos brillaban de un brillo especial. Y ahora sus carcajadas eran más bulliciosas y prolongadas. La enfermera lo comprobaba de vez en cuando en algunas de las entradas que hacía a la sala. La enfermera disfrutaba ver a la muchacha y escuchar sus carcajadas. Era evidente que la muchacha la estaba pasando muy bien. La muchacha se había acomodado de costado, hacia su lado derecho del sillón, y había asumido una postura casi acurrucada. Había subido las piernas casi a la altura de su pecho, y había colocado su mano derecha debajo de su cara, como para servir de soporte, en la escucha atenta y coloquial de esa mañana. Intervenía e interrumpía con comentarios acertados, acompañados de las interminables carcajadas y sonrisas. Se mezclaban las carcajadas y las sonrisas, y no se sabía precisar cuándo eran unas y cuándo las otras, como para diferenciarlas e identificarlas. En esos momentos, en ella, todo era una misma expresión festiva.
Antes de entrar y de estar en esas alturas del momento, ella había hablado de otro paciente, con quien se había generado un feeling especial. Este paciente había muerto, y ella lo recordaba con mucha nostalgia. A ella se le habían humedecido los ojos al hablar de su compañero de curriculum hospitalario. Había existido un amor no manifestado, pero si reconocido en su pecho de mujer joven y sedienta de complementariedad existencial en la que su situación no fuese un impedimento para sentir que sentía y existía. Ese joven le había hecho sentir el sonrojo en la cara ante la fascinación enigmática y hechizante de su presencia masculina; y le hacía sentir que ella miraba con timidez, pero con algo de gracia femenina, al saberse descubierta en su mirada que necesitaba ser desenmascarada para aflorar sentimientos y sensaciones mayores de las que ya estaba sintiendo cada vez que lo veía o pensaba en él. Mientras ella iba contando del muchacho, un suspiro entrecortado le tenía la respiración agitada. Sus ojos brillaban de manera especial.
El señor, por su parte, miraba con ternura aquella mirada enamorada y sentía una especie de alegría recóndita por ella que había experimentado las dulzuras de un amor, tal vez correspondido. Ella había hablado del muchacho y recordaba que él también se ponía nervioso cuando se veían. Ella reconocía una especial atracción por él. Quizás no tuvieron tiempo de manifestarse sus emociones y de vivirlas. Los suspiros y la manera de hablar de la muchacha indicaban que no se habían dado la oportunidad de aflorar sus sensaciones y verdades. Había una especie de lamento por eso no vivido a su debido tiempo, cuando se habían dado los lugares y los momentos, para trascender sus tiempos y volar con la rapidez del viento y suspenderse en la eternidad de los sentimientos acoplados, tomados en un sinfín de sincronía existencial, para permitirse el derecho y el deber de encontrar la felicidad en sus oportunos y justos aconteceres de dos vidas engranadas en una misma rueda de molino, girando en torno a un mismo objetivo y sentido, para encontrar razón al girar y girar del mismo recorrido, tal vez rutinario, pero extasiante del momento especial, descubierto e iluminado por la luz de los corazones que se entienden con el lenguaje de las vibraciones del sentimiento, para lo que necesita la temporalidad y la materialidad de los cuerpos.
Ella se había enamorado. Sus recuerdos y sus detalles referidos del muchacho llevaban a presagiar que así había sido. Quedaba la tristeza de no haberlo comunicado; y con algo de certeza intuitiva en la piel de mujer que percibe esas vibraciones con sensores ultrasensibles, no medibles ni cuantificables por otros medios, que los mismos que el cerebro y la naturaleza ha prodigado de manera tan exquisita y peculiar, que llevaran a pensar que cuan sabio había sido el artífice en la creación y en su constante evolución en el tiempo, que había colocado todo como lo ha hecho, sin dejar nada al azar o a la casualidad; pero que en su caso, había quedado represado como en caudal a punto de rebasar por sus límites, y dar soltura a lo que contenía. Sentía una especie de pequeña frustración. El muchacho se le había ido, y tal vez, eso le hacía sufrir, porque se había ido y no lo habían hablado. Se sentía en deuda, y pensaba en lo profundo de su sentimiento de mujer enamorada que había desaprovechado el tiempo, por escrúpulos absurdos, o por temor a abrir su corazón, aún así no hubiese sido posible consumar su amor en lo físico; pero, estaba sintiendo la necesidad de haberlo dicho, y también de haberlo escuchado; y ya eso hubiese sido suficiente, aunque no bastante. Hablaba del muchacho con ternura.
La vida está constituida de los pequeños y constantes trazos que de ella vamos dejando en el camino en el historial personal e individual. Los pasos de ayer, marcan y definen los del hoy, para, igualmente, preconfigurar los del mañana en una eterna cadena que no se rompe. El mañana lleva la semilla ya germinada y madurada en el hoy en continuidad. Lo vivido ha de ser vivido sin reproches, sin malgastar las fuerzas de la vida que nos impela a vivir cada momento a pleno pulmón; para vivir el siguiente instante en la misma intensidad. La vida no da segunda oportunidades, sino la oportunidad inmediata de la inmediatez de lo presente, sin proyecciones ni hacia atrás, ni hacia adelante. O es; o no es. Las medias tintas manchan la perpetuidad del presente que nunca acaba, sino cuando acaba el tiempo para un determinado ser, al que se le acaba el espacio y el lugar, para pasar a otra dimensión totalmente nueva en esa tridimensionalidad del existir, en donde todo depende del lado del enfoque que se mire ese mismo hecho, ya de frente, o de lado, o en perspectiva; pero que no es sino determinado por el lado en que se mire la misma verdad, en dimensiones o en degradaciones en colores combinados, para, igualmente experimentar que nada es como se ve, o como aparenta ser, porque en el siguiente instante se cambia de enfoque y de ángulo; e, igual, con ello, se cambian las comprensiones, para hacer más compleja la relatividad de lo que se piensa, se siente y se quiere; y comprender que nada es más vulnerable que la cambiabilidad de las circunstancias en una esfera que nunca acaba de moldear, porque nunca tiene una figura estable, como cambia la luz con sus variados matices, para vivir en un eterno cansancio de cambios, que liberan profundamente el alma y la desatan de prejuicios y de normas, que en nada ennoblecen y enriquecen, sino que encasillan a unos y a otros en posiciones absurdas de posturas a veces infranqueables por la riqueza de la experiencia del tú, como la única experiencia válida que permanece, aún por encima de patrones y prejuicios.
Ciertamente cosas de locos que no buscan asirse, ni a nadie ni a nada, porque ni nadie ni nada, valen la pena las ataduras de pensamientos, ni de siquiera de criterios para hacer vivible la vida en relaciones de tus, por sobre lo que fuese. No son los colores, ni las formas de plasmarlos, porque las paletas difieren una de otras en la amalgama de las combinaciones sin fin de las mezclas que pudiesen pensar que esto así es mejor, y que aquello otro, pueda que también lo sea, porque también lo es; porque las circunstancias tan cambiantes de un instante a otro, y de otro a otro, en instantaneidades de segundos irrepetibles, llevan a la sutileza de lo sensible a las cosas verdaderamente profundas, para no tener ni siquiera raíces, ni ramas, ni hojas, ni tallo, sino la maravilla de la constante búsqueda y encuentro al mismo tiempo, que generan inseguridades e incertidumbres, que liberan y atan en una trabazón incomprensible de un círculo en expansión y en intuición permanentes. Cosa de locos, ciertamente.
Verdad ésta, la del existir-existiendo en intensidad plena y en intensa plenitud que marcan una eterna fuga en un eterno encuentro liberador y aterrador, por las inseguridades profundas del pensamiento y del sentimiento, que no dan un asidero que dé seguridad o descanso, porque no se descansa y nunca se cansa para descansar; o pretender con ello limitar la misma experiencia de continuar, a lo que se siente obligado a no poder detenerse, por más que quisiera hacerlo, ya por necesidad de lógica del reposo y de la llegada que darían sosiego y alivio. Pero se trata de un continuar-continuando, aún en la aparente pasividad, que no es sino un nuevo impulso al impulso que se lleva en esa fuerza de la energía que nunca reposa, ni en el reposo, que tanto se anhela y se aspira. Quizás por eso, o por otros motivos recónditos del ser mismo, no se puede ni siquiera pensar que se ha llegado, porque apenas el camino comienza a comenzar, y en esa experiencia nunca se acaba la marcha, dejando en una expectativa de lo que fue y no pudo ser, en lo que ya estaba siendo, porque así eran las circunstancias, cambiantes en la singularidad de la cromo-cosmogonía de la grandeza y sutileza entramada del presente eterno que nunca deja de acabarse ni de ser, sino la con la negación total de la falta de movimiento y movilidad de la funesta presencia de la muerte, y todo lo que ella supone y conlleva, en su inamovilidad atrapante y avasalladora, que lo inmoviliza todo. Porque la quietud es sinónimo de muerte, con su pasmosa presencia de putrefacción por donde hace su paso, sumiendo al ser que es movimiento por excelencia, en una negación total del más mínimo vestigio de latido y exuberancia que es en sí el moverse en cualquiera de sus fascinantes facetas.
Tal vez, por eso, es que se quiera conquistar la luz. Y, tal vez, por eso y por otros muchos motivos más, la luz es la gran aspiración de ser que vive, porque todo ello es movimiento, pues la luz no es sino movimiento puro. Tal vez, por eso que donde haya movimiento hay rayos de luz que iluminan y dan y justifican la vida, que no es otra cosa que la luz misma, como tal en su esencia en movimiento. Por eso es cromo-cosmogonía. Cromo, porque todo es una gama de colores que implican y suponen otras muchas sub-gamas de muchos colores, y que a su vez, exigen y reclaman otras sin fin de gamas de coloridos hasta indescifrables y no descubiertos por el ojo humano, en el mundo de las luces, porque las combinaciones generan los colores, y estos en movimiento variable, como variables son las circunstancias de cada acontecer, que es y no es al mismo tiempo; porque no es asible, ni en la mayor pretensión de conseguirlo, pues en eso consiste, entonces, la grandeza y sublimidad del arte, como la expresión aún no plasmada en su perfecta plenitud, que lleva a seguir disfrutando de lo bello en una altura ascendente hasta la belleza misma, que mucho menos es asible, mucho menos encarcelable o encajonable, sino por las vibraciones sensoriales de los sentidos que poseen la magia y la virtud de poder asimilarlo en esas instantaneidades fugaces en movimiento, que pasaron y pasan en la eternidad del presente mágico que embelezan y engrandecen el alma en un arrebato de sorpresa y admiración insospechada y totalmente novedosa de la espontaneidad producida por la luz que atonta en la estupidez del asombro que llevan a la súper sensibilidad del espíritu y de la mente y del cuerpo sensorial, que es por donde se capta todo y sin el que nada de toda esa experiencia fuese posible. Quizás por eso que lo bello es bello en instantaneidad de segundos que solo se capta por lo sublime del momento en que se percibe, distinto del siguiente o del antes, porque se captura en la fraccionalidad vivida en intensidad de la unidad existencial.
Es cuando el arte es tan vital como el aire mismo, o como la luz, para interpretar la belleza de la vida misma y en su plenitud. Arte como encuentro y como hallazgo en su ascendente escalada de la perfección en evolución innegada y necesaria del hombre hacia una meta todavía no conseguida, pero en vías de ella, como fases nuevas de la tridimensionalidad que relativiza todo, en aras de futuro como fin inacabado y perfectible siempre de la rueda que nunca llega a su inicio para encontrarse siempre en constante movimiento en el perseguimiento de la luz, que nunca deja atraparse.
Eso mismo vivido en el eterno presente, lleva a la plenitud del momento, sin desfases ni desplazamientos.

Eso parecía estar sufriendo la muchacha. Había dejado sus momentos sin vivirlos en sus respectivas oportunidades, y sentía algo de nostalgia. Eran trozos de tiempos y espacios de lugares concretos en una temporalidad vivida, que hubiese querido rescatar. Pero eran trozos de tiempos, que no se podían recomponer. Tal vez, por eso, se le humedecían los ojos, por lo que fue y no fue, pero que había sido como habían sido sus circunstancias, distintas de las de ahora, y del momento siguiente, ya que la vida y su transcurrir es una eterna sucesión de circunstancias, mas no una circunstancia eterna, porque sería un eterno ahogo del que no se saldría nunca; sino, una tras otra, y en constante cambio, tanto de colores como de matices y ángulos de esa maravillosa y sorprendente tridimensionalidad de momentos sin fin, pasados y vividos en fraccionalidades de tiempos conectados y en cadena.

Ana Maria, Porfiria y van Gogh: capitulo 11

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La enfermera se desenvolvía a la perfección en sus menesteres y actividades de su oficio. Era el centro en esa sala, tanto para los pacientes como para el mismo médico. Todo dependía de ella. Cuando ante cualquier eventualidad adversa el ambiente se ponía turbio, ya por el estrés de algún paciente o su familiar, o por la desconsideración de la angustia de la espera de los que se impacientaban en la sala por una buena noticia, ella era la catalizadora y la persona ideal para llevar todo a la tranquilidad. Tal vez, por eso se le había desarrollado una especie de faceta de diplomática. Sabía conversar con todos, a unos escuchaba, y a otros colocaba en sus respectivos lugares y puestos, cuando alguien se olvidaba de su lugar y espacio de su tiempo histórico y circunstancial, cambiante de un momento a otro, en levísimos parpadeos de instantaneidades, tan fugaces y volátiles como un tiempo de otro.
La enfermera, sin embargo, también era víctima y presa de sus propias circunstancias. Nadie se escapa de la rueda del tiempo y del espacio histórico de los que le toca vivir en su existir-existiendo. Ella no era la excepción. No podía serlo. De lo contrario, las consecuencias serían terriblemente peores y desbastadotas en su propia contra, y los resultados podrían ser desastrosos, como lo son, para el que se enajena y se escapa de sus propios momentos, en aras de un ideal o de cualquier otro principio añadido, aun en el supuesto bienestar personal, del que, inclusive ha de ser sacrificado en una sana relación con el entorno concreto, y que no deja de ser que pura concreción histórica, en trabazón con un espacio y tiempo determinados. Lo contrario sería inevitablemente la locura.
En sus tiempos de menos años, la enfermera, se había unido en una relación con su actual y única pareja. Hacía ya casi de quince años. A medida que iba pasando el tiempo, en lugares y circunstancias cambiantes, como son los engranajes de una vida, habían tenido un hijo. Su pareja nunca había trabajado para proveer, como propio del macho en todas sus especies, y  más en el hombre en toda su historia desde la prehistoria, y los roles se habían invertido por la conveniencia del amor de juventud, en donde sobran las fuerzas y las energía, aún para ir contra todo prototipo de esquemas sociales y familiares, a los que se reta, se enfrenta y se les contradice. Ella se había llevado a su consorte a vivir en casa de su familia, y en la casa de su propia madre, apenas compartían una habitación. En los primeros años aquella situación no era pesada, ni en lo más mínimo, porque se trataba de retar todo esquema, todo en aras de un verdadero amor, por el que se es capaz de rivalizar con el mundo entero. Ella trabajaba y estudiaba. Él vivía del sueldo de su compañera. Para ella, no era necesario que él trabajara; de su amor vivirían y ella afrontaba todas las vicisitudes y penurias que tal amor exigían y representaba. No era eso ningún problema. Se reían del mundo, y gozaban de su amor.
Las circunstancias son cambiantes, unas de otra, en instantaneidades de segundos en cadena irrepetible, y nunca son las mismas circunstancias, a pesar de ser los mismo sujetos y la misma historia, porque son nuevos los lugares y los tiempos y las fracciones de la eternidad del tiempo cambiante, en su eterna rueda del molino de la historia.
Habían pasado los años. Se habían acumulados circunstancias con otras circunstancias y hacían una circunstancia mayor, y ahora, tenían a la enfermera en una situación muy particular de tensión y casi desesperación. Lo que había sido un desafío, como ya todo cambia, el momento era que ese desafío se había convertido en una nueva etapa. Ahora, su amor, su cuerpo, y su seguridad de madre y de esposa, le reclamaban su propio nido y su propio territorio, como sucede en todo género, aún animal, y por sobre todo éste. El compañero no había desempeñado su rol de proveedor. Y eso le estaba pesando mucho a ella. Vivían todavía de su sueldo. Y las circunstancias eran otras. Ahora el hijo tenía casi quince años y sus exigencias eran distintas. Ella misma ya tenía veinte años más. Y dependían de su madre bajo su mismo techo. Aún sus actividades sexuales eran distintas con su pareja. Ahora era como una obligación, y no tenía el mismo encanto. El tener que mantener a su compañero la iban enfriando sexualmente y su apetito físico por las caricias de su compañero, le estaban resultando un martirio y un sacrificio de mucho costo, porque ya no la encendían como encendían sus manos y su olor, en tiempos y momentos distintos ya vividos, por la sencilla razón de que se trataba de otros momentos y de otras dimensiones nuevas y viejas, al mismo tiempo, en acumulación constante de la cadena del tiempo en sucesión sin fin. Ella estaba necesitada de sentirse protegida, de sentirse apoyada, de sentirse arropada. Su instinto de mujer le reclamaba eso a esas alturas de su vida. Era la misma mujer, pero en evolución de tiempos y espacios de su propio tiempo concreto, con nuevas necesidades psicológicas, hormonales, sociales y físicas. Era la misma, en eterno cambiamiento de sucesiones de tiempos nuevos provocados y exigidos por los cambios de circunstancias, que nunca son las mismas, a pesar de ser el mismo sujeto.
Habían adquirido un carrito, y lo estaban pagando todavía. La idea era que su compañero trabajara de taxista, y con lo que fuese produciendo, además de cubrir las necesidades elementales del hogar, pudiese cubrir las mensualidades de la deuda de la adquisición. Y todo ello en miras de ir poco a poco poniendo las bases sólidas de su independencia, al buscar y pretender con toda lógica natural de sus tiempos y espacios, su propio hogar. Las cosas no habían resultado como se habían planificado. El carro no daba ni para pagarse a sí mismo. No alcanzaba el dinero que debería producir, y apenas daba para cubrir el pago de sus propias reparaciones, porque desde un comienzo, era más el tiempo que el carro estaba en el taller, por esto o aquello que no funcionaba. El dinero era para pagar la mecánica. Y hasta parte del sueldo de ella era para cubrir lo que no abastecía por sí mismo lo que debería estar produciendo, que aunque los produjera su compañero no lo reportaba, ni lo juntaba para la casa, sino que todo era según él solamente pérdida, y así todas las semanas, y siempre. Las cosas seguían acumuladas. Ahora, sin casa, como antes y como desde un comienzo; con un hijo que crecía y exigía acompañamiento en todos los sentidos; y con una deuda nueva que no le daba descanso porque el banco igual cobraba, y si se retrazaba le sumaba los intereses que no perdonan espacio ni tiempo ni lugar. Esa situación había sido motivo de disgustos. Su propia madre la enfrentaba y le recriminaba de tener un compañero que era un mantenido. Esa era la verdad. Ella había hablado con él y le había colocado varios plazos. Ya muchos plazos se iban acumulando, y las cosas seguían igual; peor, porque se iban sumando a la suma de las circunstancias para hacer una mayor.
La enfermera hablaba con disgusto de su pareja. Había hacia él un cierto fastidio acumulado y una insatisfacción creciente. Ella se encontraba un tanto asfixiada. A veces no quería regresar a la casa. Prefería quedarse hasta tarde en el horario de su trabajo.
Tal vez, eso era lo que se dibujaba en el rostro del cansancio de esa mañana, desde muy temprano, a pesar de ser tan temprano para reflejar cansancios. Pero habría que ahondar en la noche anterior y en su acumulación de tiempos y espacios, que la tenían en la circunstancia de ahora, distinta en fracciones de tiempos diferentes de todas las anteriores y posteriores desde ese momento, en la acumulación de su historia personal.

Se mantenía el ultimátum dado a su pareja, sin embargo. Pero se sumaba a los muchos ya dados, y se repetiría la historia, tal vez. Quizás, él tendría otra pareja. Cabía en las posibilidades…

Ana Maria, Porfiria y van Gogh: capitulo 12

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Había sonado uno de los celulares anunciado una llamada entrante.
-- ¡Aló! – se oyó en tono grueso en la atención de la llamada. Atendía el teléfono el señor.
En ese momento, la enfermera y la muchacha estaban hablando del peinado y de la asistencia semanal a la peluquería, por parte de la enfermera. En cierta manera ella se estaba justificando, y se llevaba las dos manos a la parte de la nuca, para acompañar con ese gesto un poco reacio indicando que tenía el cabello sucio, y que no había tenido tiempo para lavárselo. Tal vez, eso mismo estaría indicando que estaba entrando en un estado de dejadez y de descuido, que se recriminaba en el gesto de las manos en el cabello, y del que no quería tener conciencia de lo que estaba pasando.
Las dos mujeres conversaban a sus anchas del pelo y de sus cuidados. Hablaban de cómo plancharlo y de la marca de una máquina especial que hacía más fácil y rápido ese trabajo de rutina. Era la muchacha quien llevaba la batuta en esa conversación. El señor, no hacía más que mirarlas en su tertulia, antes de que sonara el teléfono.
-- Tengo que ir todos los sábados a que me jalen el cabello – apuntó en su oportunidad la enfermera.
-- Esa es otra cosa – volvió a acuñar su queja la enfermera – que tiene que sufrir uno como mujer para estar bonita y la quieran… ¡No, manita!…-- a la vez que acompañaba ese comentario con una carcajada entre burlona y  algo de resignación. Parecería que fuese una protesta y una rebeldía camuflada de aceptación de su realidad femenina. Tal vez, sería una protesta…
El señor atendió la llamada. Después de hablar menos de diez o quince segundos en sus respuestas afirmativas y confirmativas a su interlocutor, cerró su celular y lo volvió al bolsillo derecho de su pantalón.
-- Eso es otra cosa --- la enfermera se adelantó a cualquier otra intervención – una tiene que mantenerlos y tenerles la comida a la hora, y la ropa limpiecita… Ellos no hacen nada… Son los reyes… Una es una sirvienta y esclava… Tengo que llegar a hacerles el almuerzo… Ellos no… Ellos llegan y tienen todo servidito…
Era un cúmulo de cosas represadas en la enfermera. Tal vez estaría respirando por la herida, o quizás, cada cosa le ahondaba más la herida y se la hacía mayor en su cúmulo de circunstancias… Entonces empezó a contar su situación.
La muchacha la miraba. También el señor. De vez en cuando la muchacha y el señor se miraban y reían ante alguna ocurrencia oportuna de la enfermera, que relataba su situación sin tragedia y si con mucho de humor y espontaneidad. No podía faltar mucha jocosidad en su relato.

-- Y, ¿cómo va a tener sexo, uno así? – preguntó la enfermera en su historia, sin buscar que nadie le respondiera, sino como justificando en voz alta su escasez de apetito marital. Había en sus gestos un dejo de molestia consigo misma, pero su manera de contar su historia era fascinante y divertida, y ella misma lo disfrutaba con sus propias maneras femeninas de moverse en el transcurso de su desahogo fluido y natural. Todo parecía indicar que era más bien divertida su situación. Tal vez no lo sería…

Ana Maria, Porfiria y van Gogh: capitulo 13

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En un extracto de la carta de Vincent van Gogh a su hermano Théo, del 3 de abril de 1878, el pintor volvía sobre un tema conversado epistolariamente con su hermano, y le decía que había quedado inquieto en las palabras «somos lo que éramos ayer»… Pero para seguir fiel a esa palabra, no se puede retroceder, y cuando se ha empezado a considerar las cosas con una mirada libre y confiada no se puede volver atrás ni claudicar (cfr. Cartas a Théo, Ámsterdam, 3 de abril de 1878).
Lo andado, en todo caso queda como andado. Ya no se volverá sobre los pasos de ayer, sino en actitud de nostalgia, que en todo caso, igualmente, es una añoranza enfermiza, o manipuladora en algunos de los casos para ser doblemente quejumbrosa y lamentable.
Lo vivido es lo que cuenta. Lo vivido a pulmón pleno y a conciencia. De lo contrario, se van dejando trazos de presente en un pasado que se acumula y que  entorpecen el momento que viene, que es lo que cuenta, en la plenitud de una conciencia actualizada y actualizante de cada momento que exige existir-existiendo.
Todo es cuestión de hacer de la vida el arte de vivir, para hacer precisamente, que todo sea bello, aunque en si no lo sea, por lo menos para trascender el espacio y el tiempo y el lugar.
La muchacha tenía porfiria. Vincent van Gogh, según algunos estudiosos de su obra y su vida, afirman y sostienen que también tenía porfiria. Eso explicaba algunas reacciones de aparente locura y demencia del pintor. Eso mismo lleva a admirar y a querer su obra en el aporte del crecimiento de la humanidad, de manera muy especial.
Se trata de sumirse en la plenitud del tiempo temporal vivido por ese genio que vislumbra con su obra en la profundidad de un espacio y lugar vivido con realismo demencial, que buscaba en sus entrañas la fiereza de su incomprensión de tiempos en destiempos,  para comprender su expresión inexplicada e incompleta, sino en la siguiente obra y en la siguiente, en su cadena de sufrimiento que roería su naturaleza con la pudedumbre de lo inacabado y sin finitud, de un eterno sufrimiento, expresado y tipificado en la común denominación de la locura. No sería locura. Tal vez, sería porfiria.
Es para quedarse pasmado y asustado frente a muchos de sus autoretratos que buscarían mitigar, tal vez, o dominar, o comprender, o asir con determinación y fuerza a la fuerza que lo doblegaba con crueldad avasalladora con la experiencia de un fuego eterno en lo más profundo de su hueco sin fondo, de una llama que no terminaba ni de aflorar en plenitud para arrasar de una vez por todas para poner fin y agradecerlo infinitamente; como tampoco que se extinguía para dar descanso a su fragilidad que gritaría en trazos de sus brochas finas en su pulso manejado, para dar en cada tela el grito de la locura que le quemaba incesantemente y sin piedad. Tal vez, no sería locura. Tal vez, porfiria.
Eso llevaría a comprender con espanto, con asombro y con admiración su obra, en especial en sus autoretratos la constante manifestación de plasmar sus demencias provocadas por el fuego extraño y de vísceras abultadas, para gritar y volver a gritar y no conseguir su propio eco ni el sonido de su propio gorgoreo atragantado que le impediría auto escucharse y encontrarse ya expresado para por fin de tan extraño fuego un día poder descansar, porque ya lo habría atosigado y asfixiado al tenerlo en su mano. Tal vez, la oreja sería su propio obstáculo en escuchar eso mismo que no lograba susurrar, ni en el cuadro siguiente, ni en el otro… Tal vez, no sería locura…

¡Ay, qué locos y cuántos que se han tenido, y que no eran sino víctimas de sus tiempos, espacios y tiempos, y que nos llevan a sufrir y a padecer al comprender que eran circunstancias concretas de sus tiempos vividos! Tal vez, no sería locura…

Ana Maria, Porfiria y van Gogh: capitulo 14

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La muchacha estaba bien. Su tratamiento de ese día transcurría con normalidad, a pesar del pequeño incidente que la había colocado en las fronteras de un infarto.
Ahí estaba. Conversaba con la enfermera cuando ella se adentraba en la sala. Conversaba con el señor, con quien mantenía una relación franca y directa. Parecían un par de enamorados por la sinceridad de la conversación y por la soltura con que todo se daba. El buen humor, que es necesario en los enamorados para despertar chispas de belleza en la tertulia más superflua y etérea, para encontrarle sentido al sin sentido de estar hablando de todo y de nada al mismo tiempo, pero deseando no alejarse el uno del otro, parecía estar reinando entre el señor y la muchacha. Había buena vibración y sintonía en la sala. Parecían enamorados, pero no lo eran, por lo menos en reciprocidad y correspondencia en el caso de haberse dado esa posibilidad en una de las partes. Pero no era sino un tiempo, un espacio y un lugar concretos de una circunstancia histórica, y se trataba de no dejar trazos de presente para intentar armarlos y reconstruir pasado ese momento, en otros momentos distintos de ese. Era asunto de presente en presente, exigiendo vivirse a pleno pulmón, como ha de ser cada convivencia y relación entre dos tú en plena comunicación.

La muchacha se reía de todo y por todo. Tal vez, no sería locura. Tal vez, sería porfiria…

Ana Maria, Porfiria y van Gogh: capitulo 15

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 En la misma carta a Théo del 3 de abril de 1878, Vicent le escribía a su hermano, después de preguntarse y responderse él mismo sobre el significado de la frase “somos lo que éramos ayer”, y de cuestionarse en relación del conocimiento de la historia como caudal suficiente para adquirir sabiduría y profundidad y convertirse en hombres profundos y espirituales,  le comenta a su hermano, que “nuestro fin en primer término debe ser el de hallar un lugar determinado y un oficio al cual podamos consagrarnos enteramente”. En esa misma carta le hablaba a su hermano del fuego inspirador que se debe tener para vivir la originalidad de una vida, y de la necesidad imperiosa de dominar bien un oficio y conocerlo, para desde ese mismo dominio poder dominar todos los demás.
“El que vive sinceramente y encuentra penas verdaderas y desilusiones, que no se deja abatir por ellas, vale más que el que tiene siempre el viento de popa y que sólo conoce una prosperidad relativa” – decía en la misma correspondencia. En esas personas se comprueba la manera más visible de un valor superior (indeffesi favente Deo).
Y es cuestión de volver a los trazos enigmáticos del pintor en sus cuadros para mirar y sorprenderse en la estupefacción de la sorpresa misteriosa, que encuentra a través de los impresionantes sensores, más enigmáticos aún, de los sentidos que lo captan todo en la rapidez de un parpadeo que permite registrar para después procesar los hechizos de esos detalles que capta y asimila igualmente, y con majestuosidad la grandeza sutil que lo mueve a seguir contemplando sus obras y sus cuadros, como paralizado y hechizado de la magia que lo inutiliza aparentemente, pero que lo transforma al hacerlo y convertirlo en un contemplador activo sin saberlo, sino en la profundidad de las conexiones cerebrales que activan un sinfín de mundos de colores en la inmensa gama de la cromo-cosmogonía, a través de la que mantiene la estrecha conexión y comunicación de los sentidos en una maravillosa expectación que es saboreada sutilmente en el diálogo de dos seres que se comunican en un diálogo perfecto e intuido. Tal vez, por ese mismo hechizo electrizante en descargas de corriente imperceptibles y de muy baja frecuencia para ser cuantificable por instrumentos de medida inventados, sino por las hondas mismas del cerebro a través de la multiplicidad sensorial que lo capta y asimila todo y en todo, es que se da ese incomprensible diálogo del pintor que lo ha plasmado todo desde su penuria, carencia y sufrimiento transmitidos en el trazo de la tela que refleja su necesidad de dialogar en el grito del color de la pincelada que transmite lo que le quema por dentro, y que lo impela, al mismo tiempo, a buscar interpretar lo que él mismo ni siquiera precisa ni comprende, sino en pinceladas secuenciales de un dolor captado y transmitido, pero inacabado en su eterno penar, que lo obliga a seguir en el siguiente cuadro, a pesar de que ya pareciera que estaba hecho, y todo fuese un mismo repetir del objetivo ya plasmado; pero que no está agotado todavía, porque no se le agota nunca la penuria en sufrimiento de su constante padecer.
Precisamente, porque en eso consista, tal vez, la energía y la fuerza del artista y del pintor, que transmite inacabadamente su eterno padecer que nunca acaba ni se agota, ni con la repetición de la misma obra en apariencia, por ser distinta, igualmente la circunstancia y el momento en el tiempo que lo llevara a plasmar lo que por sensaciones volátiles y escapadizas de la emoción le hicieran en algo comprender que lo comprende y lo entiende, y quizás por eso es que vuelve a lo ya andado, y dando con eso mismo, un adelanto en su camino ascendente de su autoencuentro nunca encontrado, sino en fraccionalidades de instantaneidades sometidas a la fragilidad y debilidad de la tridimensionalidad de un espacio, tiempo y lugar determinados, y fugaces como la luz en su inacabada experiencia de ser atrapada y permanente en un mismo tiempo y lugar, al mismo tiempo.
Entonces, ya no sería porfiria. Tal vez, sería locura.
Y con ello se cambian de lugar las situaciones y las experiencias, porque no se sabe si era primero la locura, o si primero la porfiria; o si una determinaría a la otra y la condicionaría; o si una fuera la causa y otra la consecuencia. O ni para saber… Tal vez, ya no sería locura; como tampoco, tal vez, la porfiria.
“El que vive sinceramente y encuentra penas verdaderas y desilusiones, que no se deja abatir por ellas, vale más que el que tiene siempre el viento de popa y que sólo conoce una prosperidad relativa”. Y eso obliga a volver a mirar sus cuadros repetidos de sus autoretratos para encontrar entre ellos sus sutiles diferencias, y con ello, igualmente encontrar nuevos sufrimientos expresados tal vez en el anterior, y mitigados o disimulados, o quizás con más fuerza de la constante por ser siempre obras del mismo pintor.
Tal vez, ya no sería porfiria… Tal vez, sería locura…
Y en ese eterno debatirse en su lucha encontrada e huidiza en la fugacidad de lo pasajero de suma de distintos tiempos en cadena, sin dar tiempo de medirse para precisar que es aquí, o que es ahora; sino que es y no es, porque era y ya no fue; fue y ya no era; es, pero se esfumó en la imperceptibilidad de lo etéreamente pasajero, es que vuelve a buscar o intentar, por lo menos, plasmar lo que ya era de por sí tan volátil como la sensación en cadena de una transparencia de colores y de luz al mismo tiempo, que no se dejan atrapar sino por la experiencia de su misma intuición y profundidad que lo llevan a sentir lo que se siente, y que no logra comprensión, sino en la locura.
Tal vez, ya no sería porfiria; tampoco sería locura… sino Vincent van Gogh. Tal vez…
 Y todo eso serían una circunstancia de un tiempo histórico concreto en un espacio y lugar determinados, en búsqueda de su propia identidad para ubicarse en el exigirse existir-existiendo, en donde el lienzo y los colores con sus trazos tecnificados y dominados con la pericia de su arte, sin descartar en nada sus tumultuosos encuentros todos cargados de un sin fin de emociones, opuestos y contrapuestos unos de otros, pero experimentados en la profundidad de arrebatos sensoriales, le llevarían a superarse y con ello transcender sus propias sensaciones momentáneas,  desgarradoramente dolorosas por el cansancio de circunstancias acumuladas en su situación de locura y de porfiria; sin saber cuándo era una y cuándo la otra, y cuándo las dos al mismo tiempo; o si era una primero, y otra después, y en qué precisos momentos una cedía el puesto a la siguiente; o por el contario, se amorochaban para manifestarse igualmente de manera tumultuosa.
Entonces, sería locura; y no, porfiria.
O, tal vez, sería desesperación en su angustia desesperante y sin descanso en un eterno retorno cada vez más convulsionante en la fragilidad de una temporalidad física de espacio y lugar determinados, aflorados en una, igualmente, debilidad siempre en mayor intensidad como creciente serían sus ataques.
Tal vez, entonces, sería porfiria. O, tal vez, sería locura…
Y todo ello para amalgamar en una misma realidad la triste y comprimida figura del artista en su eterno padecimiento, que buscaría, tal vez, una y otra vez más, asir por el cuello si fuera posible hacerlo, el monstruo de su realidad que lo sumergía sin remedio a la desesperante experiencia de no tener descanso, ni alivio en su incomprensible situación y realidad. Tal vez…  Tal vez…
Quizás, por eso es que su en su cromo-cosmogonía a la luz tenía que acudir para plasmar en colores lo que en variados matices se le presentaban en su nefasta y mortal vivencia; para en eso mismo trascender su espacio y tiempo, y con eso mismo ayudar en el grito no escuchado, a pesar de andar siempre gritando en los colores que no serían sino su misma búsqueda de salud, y su salud en tan tormentosas situaciones que dan espanto, miedo y susto solo el imaginase cómo habrían de ser, precisamente, por la inexplicable conexión entre lo que sería su locura, pero que también sería al mismo tiempo porfiria; sin saber si eran una misma realidad en su temporaria fragilidad.
Eso mismo lleva a maravillarse de lo grande de su experiencia, ya plasmada en sus óleos y pinturas, con sus característicos rasgos de locura y demencia. Más todavía, al ser el gran intérprete de su dolor y situación, y al dar la máxima definición que se pueda tener de sabio alguno sobre lo que es el arte, cuando en sus afanes de captar y capturar al mal que lo devoraba fatídicamente y sin piedad, para poder dominarlo y no lograrlo porque no era asible en la situación incomprensible de su realidad, por lo complicado de la trabazón de sus dos circunstancias de porfiria, por una parte, y de locura, por otra, que se juntaban y agrandaban el mal en una desesperación sin terminal ni puerto de llegada, sino con la muerte; y esta de cualquier manera por ser tan espantosa la realidad en su mortal y decadente fragilidad, también física y por sobre todo mental.
Quizás, por eso es que cuando Vincent van Gogh define lo que es el arte dice que es el grito que le da la naturaleza para que la interprete. Y no era otra su tarea. Tal vez, locura…. O tal vez, porfiria…
Y, entonces, no se sabe si estar agradecidos de porfiria en el caso de van Gogh, cosa que fuese terrible ese agradecimiento en aras de una felicidad y una eterna angustia; o de su locura, o de su gran profundidad para transcender su tiempo, espacio y lugar, para hacerlo grande entre los grandes, como también grande en su incomprensión, pero grande en la admiración que se ha de tener por este pintor.
Ya no sería la locura… Ya sería Vincent van Gogh, del que son sin separación, ni locura, ni porfiria, para comprender la grandeza de su obra, en su tiempo, espacio y lugar determinados en la fraccionalidad de la más maravillosa todavía tridimensionalidad de las circunstancias que son y no son, porque se suceden en secuencia refulgente, como refulge y desaparece la luz en los colores de la inmensidad, y sorprendente perplejidad de un momento que es fugaz como fugaz son los momentos en eternas instantaneidades, que exigen vivir-existiendo, sin dejar para otro momento el momento que se vive a plenitud, y sin dejar caer migajas de tiempos y espacios, para no querer tener que volver a destiempos a recoger lo que el tiempo devora en rapidez cambiante de un momento a otro, sin anuncios ni paradas, porque la vida no da segundas oportunidades.

Tal vez, sería locura… Tal vez, sería… Tal vez…